06-10-2017
Literatura infantil y valores




Por María Luisa Lecaros. Doctorando en Artes y Humanidades, Máster en Matrimonio y Familia U. Navarra. Periodista, Profesora de Castellano U. Católica.

La Escuela de los Ángeles

Hace algunos días celebramos la fiesta de los arcángeles san Gabriel, san Miguel y san Rafael. Y el pasado lunes 2 de octubre, la de nuestros ángeles custodios. En honor a ellos, hoy recomendamos La escuela de los ángeles, un sencillo cuento infantil en que el escritor cubano Antonio Orlando Rodríguez nos relata, con gran sentido del humor, cómo se preparan los ángeles para ser «ángeles de la guarda». A partir de algunos elementos de la historia, iremos reflexionando en torno a la figura de los ángeles…

«Si eres de los que piensan que para convertirse en ángel sólo hace falta llegar al cielo y que te salgan alitas, lamento decirte que no es así. La cosa no es tan fácil como creías». 

Son las palabras que dan inicio a un relato que cuenta cómo un aprendiz de ángel de la guarda llega a serlo, tras estudiar en la Escuela de los Ángeles. Ubicada en el reino celestial, detrás de la oficina de san Pedro, en la primera nube a mano derecha, la escuela es un internado en que los alumnos se sitúan en tres niveles: «los nuevos, que no saben ni dónde están parados; los que ya saben algo, pero no lo suficiente, y los que ya saben casi de todo y están a punto de obtener su título de ángel». Las clases funcionan de lunes a sábado, mientras los domingos, los profesores organizan excursiones o sacan un proyector y ponen películas sobre la vida de santos famosos. 

El cuento del escritor cubano fue un homenaje y agradecimiento que el autor hizo a su ángel de la guarda. La historia es relatada a través de un narrador cuya identidad es inicialmente desconocida. Sabemos que es homodiegético, es decir, que participa en la historia (homo: igual / diégesis: historia).  Pero no podemos discernir si es protagonista o testigo sino hasta el final, en que nos revela su identidad con la siguiente reflexión:

«Y es que, pensándolo bien, la dicha de guiar por el buen camino a alguien y de ayudarlo a ser feliz es algo tan maravilloso que hace que valgan la pena todos los sacrificios y los desvelos. Y te lo aseguro yo, que lo sé perfectamente. Y lo sé mejor que nadie porque soy tu ángel de la guarda”. 

La teología de la Iglesia también afirma la existencia de los ángeles de la guarda. Son criaturas, es decir, creadas. Han recibido su existencia de Dios, quien les ha encomendado acompañarnos a lo largo de nuestra vida. Son los que presentan nuestras oraciones al Señor y nos conducen a Él. El arcángel Rafael dice a Tobías: «Cuando ustedes oraban, yo presentaba sus oraciones al Señor» (Tob 12, 12 - 16).Su última y más importante misión será conducirnos –después de la muerte– hacia el trono de Dios.

Volviendo a nuestro cuento de hoy, si un niño quiere ser ángel, debe ir a La escuela de los Ángeles a aprender el oficio: 

«Como para casi todo en la vida, para desempeñar el oficio de ángel también hay que tener un diploma que garantice que estás preparado para hacer las cosas bien y que no meterás la pata en la primera tarea que te encomienden». 

Para esto deberá estudiar, pasar por tres niveles de aprendizaje y obtener un diploma. Una vez graduados, descenderán a la tierra, para acompañar a alguna persona durante toda su vida. 

En la visión cristiana los ángeles también cumplen un oficio. Desde su creación y por toda la eternidadsu gran misión será adorar y dar gloria a Dios. Pero a diferencia del relato, ellos no necesitan aprender ese trabajo, ya que poseen una inteligencia muy superior a la del hombre. Y por lo mismo, sus decisiones son irrevocables, es decir, no pueden volver atrás una vez que toman una decisión. «Serviam» fue la palabra con que los ángeles del cielo optaron por Dios y «non serviam», la de quienes lo rechazaron: los demonios. Una decisión única y definitiva, porque su libertad es mucho más perfecta que la de los seres humanos, según explica Julio Philippi en su libro Ángeles y Demonios. Otra diferencia con el cuento es que en éste los niños pueden prepararse para ser ángeles, mientras que el Magisterio nos enseña que las personas somos criaturas distintas a las angélicas. Y por ende, los niños nunca podrán llegar a ser ángeles (aunque los recién nacidos se parecen mucho). 

A su vez la Iglesia sostiene que, aunque todos los ángeles dan gloria a Dios, también tienen una misión específica. En el caso de los tres arcángeles cuya existencia y misión se revelan en la Sagrada Escritura, Miguel es el encargado de la defensa de los intereses divinos ante la rebelión de los ángeles malos. Gabriel es el enviado por el Señor a diferentes misiones y por eso fue quien anunció a la Virgen María el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios y su maternidad divina. Y Rafael fue quien acompañó al joven Tobías cuando cumplía un encargo difícil, quien lo ayudó en el amor y a quien los fieles encomiendan la consecución y fidelidad del amor matrimonial. 

«Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día»… es la oración que da inicio al cuento La Escuela de los Ángeles. Y es también una de las primeras oraciones con que los niños aprenden a rezar. Mi madre agregaba “(…) porque soy chiquito y me perdería”. 

Los héroes de los cuentos tradicionales sólo logran superar con éxito la misión encomendada cuando se apoyan en la figura del “ayudante” que sale a su encuentro y los ayuda en sus dificultades. Recordemos el hada madrina de Cenicienta, que le fabrica el carruaje, el vestido y peinado, con lo cual ella puede ir al baile y conocer al príncipe. Nuestra existencia también cuenta con el gran ayudante que nos manda el Señor, el ángel de la guarda, quien vela para que tengamos éxito en la única aventura humana que vale la pena: nuestro encuentro definitivo con Dios, para adorarlo junto ellos para toda eternidad. 











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