10-08-2017
Literatura infantil y valores




Por María Luisa Lecaros, Profesora de Castellano y Periodista U. Católica, Máster en Matrimonio y Familia U. Navarra

El cerdito protagonista de nuestra historia de hoy, Crispín, lo tenía todo, y cada Navidad recibía los últimos y más caros modelos de juguetes. Una Navidad obtuvo el Robot-Oso Zybox, pero a la semana ya se había cansado de él y el juguete se rompió. Otra vez recibió el famoso saltador Superponi, pero ya en la fiesta de Reyes estaba hecho pedazos. Lo mismo sucedió con la Giga-Porqui-Station y los últimos video-juegos, hasta que la Navidad siguiente se sorprendió al recibir una caja con una carta que decía: «Querido Crispín, en esta caja encontrarás la única cosa que no tienes. El mejor regalo del mundo». ¿Cuál es la única cosa que aún no tenía Crispín?...

El cerdito abre emocionado la caja, pero la encuentra vacía. Furioso, la arroja hacia la calle y se encierra en su habitación, sin participar de la comida de Nochebuena. De pronto, mira por la ventana y en medio de un manto de nieve, divisa cómo un conejo (Nico) y un mapache (Paco) toman la caja de regalo para llevársela. Entonces Crispín baja corriendo la escalera: nadie se llevará su caja, y expulsa a los niños. Al día siguiente, Nico y Paco vuelven a jugar con la caja y se repite la escena: «¡Eh, esto es mío! ¡Fuera de aquí! –gritó Crispín. –No estamos estropeando nada –dijo Paco–. Jugamos a la nave espacial. –Yo no veo ninguna base espacial –gruñó Crispín. –¡Cuidado Paco! –gritó Nico–. ¡Un EXTRATERRESTRE! (…) ¡Desintégrate alienígena! –¡Has fallado en el tiro! –chilló Crispín». Y así estuvieron jugando a la nave espacial, hasta que anocheció. 

El sábado, Crispín recibe de su padre la mesada semanal y le pregunta si irá al centro comercial, pero su hijo le dice que no; prefiere esperar a sus dos amigos. Esta vez jugaron a los piratas, a los castillos y a su pasatiempo favorito: la nave espacial. Esa noche diluvió y la caja de Crispín se rompió. El lloró mucho, porque sus amigos ya no volverían. Pero se sorprendió al ver cómo regresaban a la mañana siguiente, en la que entraron en su habitación y descubrieron todos los juguetes rotos de Crispín. Recogieron las piezas rotas de Robot-Oso Zybox, de saltador Superponi, de la Giga-Porqui-Station y con los desechos armaron la más fascinante nave espacial. Un día la madre de Crispín compró un refrigerador y quienes lo instalaron aprovecharon de llevarse los “trastos viejos”, como llamaba su madre a los juguetes rotos. Pero para Crispín eran ahora sus tesoros: su castillo, su nave, su barco. Entristecido, sale al jardín, donde encuentra la caja de la nevera. La abre y descubre a sus amigos en el interior. Se encuentra con el regalo más preciado: la amistad. 

 

La literatura infantil es la única que tiene “apellido”; es la única que se distingue por su destinatario: el niño. Y a su vez, es la única que se caracteriza porque va dirigida a un doble destinatario: al niño y al mediador (los padres, los educadores, los bibliotecarios o quienes lean el libro). En este contexto, creemos que este álbum ilustrado es especialmente enriquecedor, tanto para el niño como para el adulto que relata el cuento. A los niños les enseña el valor de la amistad, el único regalo que no se compra sino que nace del don de sí y que en este caso brota del esfuerzo por compartir la caja vieja, los trastos viejos y especialmente, el tiempo. Les transmite también el valor de la sobriedad; de la importancia de cuidar lo que tienen, de no despilfarrar la mesada, de ser ordenados con sus regalos, de aprender a disfrutar con lo poco. Y a los intermediarios lectores, como una brújula, nos vuelve a mostrar que el norte para lograr lo que todos esperamos de nuestros hijos, que sean felices, no está en llenarlos de bienes, porque esto produce –al igual que en Crispín– niños apáticos, incapaces de gozar, de imaginar y de jugar. Una invitación a llenar sus cajas, su mundo interior, su intimidad, con las riquezas que perduran para siempre.

 









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